El panel de mis sueños VIII

Me he quedado sin chincheta para esta vista de la Bahía de la Concha. Me la bajé de internet. Lo pondré junto al tríptico de Bocas del Toro.

Cabañas sobre las aguas cristalinas.woman-506120__180 Parece que por ahí no pasa el tiempo. La orilla es blanca esmeralda. Se respira paz en esta foto. Qué exótico. Me gusta pasar la mano suavemente por el panel. Cierro los ojos y me da la sensación de que todo es más fácil de lo que parece. Es como acariciar abanicos en un stand de la feria de muestras. Escalones de sueños.

Este es mi mejor sueño. El que tuve una vez de pequeña, no sé por qué. Cuando se lo conté a mi madre, me contestó que era una soñadora y que así no llegaría muy lejos. Durante muchos años he guardado ese recuerdo porque la expresión de la cara de mi madre con ese sesgo irónico y de casi desprecio me paralizó y no supe cómo seguir.

Guardé mi cuaderno en una caja de lata y lo metí en el baúl del doblado. Tenía un tesoro, lo sabía, que terminó extraviándose entre las tantas mudanzas que mi madre hizo dentro de la casa. Yo quería comprenderla. Al cambiar los muebles de sitio ella cambiaba de mundo. Se sentía renovada después de esos paseos de un mueble a otro, del desván al dormitorio y del dormitorio al cuarto oscuro. Sin darse cuenta había ido clasificando las estancias por nombres extraños, que no se correspondían con ellas ni con su contenido.

El cuarto oscuro, era una habitación, que fue de mi hermana muerta, con mucha claridad. Tenía una gran ventana que daba al patio trasero, donde sólo jugaba yo. El desván era un arpende al fondo del patio que debería usarse para tomar el sol en la hamaca, pero que se había vuelto tan salvaje como el otro patio salvaje. Una jungla. Las plantas se habían desbordado de sus tiestos inundando el suelo y las enredaderas sobresalían de los techos buscando el cielo o alguien que las quisiera.

Mi madre cuando era feliz iba a cortarse el pelo. El pelo de mi madre se asemejaba a ese desorden natural de las plantas del patio de mi casa. En su cabeza anidaban jilgueros sobre nidos de pasto que terminaron por poblar todos los rincones de su cerebro. Cada seis meses cambiaba la ropa de lugar. Tardaba varios días en hacerlo y era extraño ver ese tránsito de ropas por la casa. Colchas, sábanas, vestidos, toallas. Un arsenal del pasado que removía con cuidado tal vez por sentir que no todo estaba tan muerto en el presente como parecía.

Bocas-del-Toro-The-Home-of-Green-Gold-of-Central-America

bocas del toro

Así está mejor. Me queda mucho espacio para nuevos folletos. El panel lo tengo en la pared, frente al escritorio. Aquí me siento a gusto pasando mi monólogo al papel. Lo hago cada día para que no se me acumule el trabajo.  Esta mesa mantiene mi espíritu de escritora de novelas románticas. Pesa demasiado este deseo que tengo desde niña porque, aunque puedo hacerlo, la mirada de mi madre me hace sentir vergüenza. Ya la he empezado. No lo sabe nadie. Es un secreto. continuará

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