El panel de mis sueños II

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paseo por Zihuatanejo

La expresión de mi cara se mudaría completamente. Los ojos me brillarían y no tendría que apartar la mirada. Mi boca expresaría mi bienestar con una amplia sonrisa, la que siempre me hubiera gustado tener, que provocara en la gente deseos de hablar conmigo, y no tener que estar callada tanto tiempo. Me quedaría más delgada, por supuesto, porque habría perdido el ansia de comer dulces en todas sus variedades y pediría en el restaurante ensalada mixta y cosas ligeras que olieran a buena cocina, a manos cariñosas haciéndote la cena y no tener que comer cualquier cosa con prisa. No, no me sentiría sola porque en Zihuatanejo hay gente que va a los restaurantes y que come cangrejos y también otros manjares que no hay por aquí.

El tiempo es hermoso allí con un sol brillante sobre el azul del mar. La arena es tan fina como perlas ínfimas que te acarician la piel. Me tiraré en la arena y rodaré para cubrirme entera y luego me hundiré en el agua cristalina para refrescarme deslizándome como una sirena. El roce fresco del agua haciéndome sentir más viva… Al salir del agua caminaré por la orilla y me fijaré en los hombres que pasen cerca, tal vez alguno quiera conocerme porque seré más guapa, irradiaré con la luz del mediodía y por las noches tendré una chispa en la mirada que no se podrá esquivar. En Zihuatanejo seré feliz y no tendré que entrar y salir de un piso húmedo porque mi casa mirará al mar y a las estrellas. Qué calidez, qué sencillo todo. Me pondré un vestido de mangas cortas con florecitas blancas pequeñas sobre fondo verde cayendo hacia las rodillas en capa. Sandalias blancas de piel suave y una pamela ligera que mueva el viento. Recorreré el mercadillo de antigüedades para ver alfombras, souvenires marinos como las estrellas, los corales,  snail shells, anillos de plata de Taxco y objetos laqueados de Olinalá y cerámicas y pinturas sobre corteza de papel de los Valles de Oaxaca. Me parece escuchar Fígaro mientras toco aquí y allá los objetos sintiendo su forma, su textura y los colores, atrayendo recuerdos que no son míos pero que me vienen con su fisonomía y su olor. La tarde es calurosa y húmeda. Tomaré una cerveza sentada en la terraza de un bar sin pensar en nada, sintiéndome dueña de mi tiempo y de mi soledad y de todo lo que alcanza mi vista.

“La cabaña del pescador, hecha de bajareque, es preciosa. Él, cuando no pesca, está sentado en la puerta y vende pulpos curados al sol y el salitre de la brisa; es buen hablador. Me gusta escuchar sus historias, esas historias de las que no sé muy bien si son de verdad o se han formado en su cabeza con los años y con el calor y la plenitud de su interior. Cuántos personajes han visitado su vida. Yo lo escucho cada tarde encantada. Nunca me han contado cuentos ni historias fantásticas. Ya oscurecido, paseo hasta el malecón entre los árboles hasta el muelle de pesca. Me siento ligera. Podría morir aquí mismo con la certeza de haber vivido. La noche está hecha con un haz de luna blanca” Continuará.

 

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